Revista Científica de Astrobiología, 3(1), 31-42  
doi: 10.69976/aspast.v3n1.4  
ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN  
Ojos alienígenas en la Tierra: lo que la visión de los  
insectos puede enseñar a la astrobiología  
Nicolas Ayala-Tovar1  
1
Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Colombia  
Recibido: 17-03-2026 Revisado: 08-06-2026 Aceptado: 22-06-2026  
Resumen  
La exploración de exoplanetas presenta desafíos tanto únicos como interesantes para la  
identificación de biofirmas específicamente en espectros lumínicos que el ojo humano no  
detecta. Este artículo explora cómo el ojo compuesto de los insectos ofrece un modelo  
biológico modelable y replicable para la exploración espacial, gracias a los avances  
en visión por computadora y redes neuronales. La idea es procesar la información  
proveniente de los espectros de luz ultravioleta y polarizada, para traducirlos en  
algoritmos de navegación útiles para los rovers. Se propone que la arquitectura visual  
de los insectos no solo sería una herramienta práctica, sino un marco conceptual  
para entender cómo formas de vida extraterrestre podrían percibir su entorno bajo  
diferentes condiciones que afecten el espectro de luz, ya sea radiaciones estelares  
extremas, atmósferas densas o la oscuridad absoluta.  
Palabras clave: Visión por computadora, biomímesis, exoplanetas, biofirmas  
Citar como:  
Ayala-Tovar, N. (2026). Ojos alienígenas en la Tierra: lo que la visión de los insec-  
tos puede enseñar a la astrobiología. Revista Científica de Astrobiología, 3(1), 31–42.  
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doi: 10.69976/aspast.v3n1.4  
RESEARCH ARTICLE  
Alien eyes on Earth: what insect vision can teach  
astrobiology  
Nicolas Ayala-Tovar1  
1
Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Colombia  
Received: 17-03-2026 Revised: 08-06-2026 Accepted: 22-06-2026  
Abstract  
The exploration of exoplanets presents both unique and interesting challenges for  
identifying biosignatures specifically in light spectra that the human eye cannot detect.  
This article explores how the compound eye of insects offers a modelable and replicable  
biological model for space exploration, thanks to advances in computer vision and  
neural networks. This approach proposes processing information from ultraviolet and  
polarized light spectra and translate it into useful navigation algorithms for rovers. It is  
proposed that the visual architecture of insects would not only be a practical tool, but  
also a conceptual framework for understanding how extraterrestrial life forms might  
perceive their environment under different conditions that affect the light spectrum,  
whether extreme stellar radiation, dense atmospheres, or absolute darkness.  
Keywords: Computer vision, biomimicry, exoplanets, biosignatures  
Cite:  
Ayala-Tovar, N. (2026). Alien eyes on Earth: what insect vision can teach astrobiology  
Revista Científica de Astrobiología, 3(1), 31–42. https://doi.org/10.69976/aspast.  
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doi: 10.69976/aspast.v3n1.4  
1. Introducción  
La pregunta de si existe o no vida fuera de la Tierra ha constituido uno de los  
problemas científicos más profundos de la historia de la ciencia. En las últimas décadas,  
con el descubrimiento de miles de exoplanetas ha transformado nuestra visión del universo,  
abriendo nuevas posibilidades para investigar la habitabilidad planetaria (Seager et al.,  
2005). Sin embargo, detectar vida en otros mundos implica desafíos técnicos y conceptuales  
robustos. Uno de los más importantes es la identificación de biofirmas, es decir, señales  
que puedan indicar actividad biológica.  
Las biofirmas pueden manifestarse de diversas formas, incluyendo composiciones atmos-  
féricas con presencia de ciertos compuestos químicos, estructuras moleculares complejas  
asociadas a actividad metabólica y patrones espectrales en la reflectancia de la superficie  
del planeta (Catling et al., 2018). Por ejemplo, la presencia simultánea de oxígeno y metano  
en una atmósfera constituye una de las biofirmas más estudiadas, debido a que estos  
compuestos tienden a reaccionar entre sí y desaparecer con relativa rapidez si no existe una  
fuente que los reponga constantemente (Krissansen-Totton et al., 2016; Lovelock, 1965).En  
la Tierra, gran parte de esta reposición es consecuencia de la actividad biológica. De igual  
manera, ciertos pigmentos fotosintéticos modifican la forma en que la superficie refleja  
la luz. La vegetación terrestre, por ejemplo, produce una señal característica conocida  
como red edge", un incremento abrupto de la reflectancia en el infrarrojo cercano que  
puede detectarse mediante observaciones remotas (Seager, 2014). Otras posibles biofirmas  
incluyen moléculas orgánicas complejas, patrones químicos incompatibles con el equilibrio  
geológico esperado y variaciones estacionales en la composición atmosférica que podrían  
indicar actividad metabólica a escala planetaria.  
Sin embargo, la detección de estas señales depende en gran medida de los instrumentos  
utilizados y de las longitudes de onda que somos capaces de observar. Como consecuencia,  
algunas biofirmas potenciales podrían pasar desapercibidas si se manifiestan fuera de  
las regiones del espectro electromagnético tradicionalmente empleadas en la exploración  
planetaria. A modo de ejemplo, el ojo humano percibe únicamente cierta franja del  
espectro electromagnético, aproximadamente entre los 400 y 700 nanómetros. No obstante,  
numerosos organismos terrestres han evolucionado sistemas sensoriales capaces de detectar  
y ver una franja más amplia del espectro. Entre estos organismos tenemos a los insectos,  
que destacan por poseer sistemas visuales extraordinariamente sofisticados (Briscoe &  
Chittka, 2001). Muchos insectos pueden detectar la luz ultravioleta, patrones polarizados  
en el cielo e interpretar contrastes espectrales complejos (Chittka & Menzel, 1992).  
En este contexto, surge la siguiente pregunta ¿Podrían los sistemas visuales de los  
insectos servir como modelo para diseñar nuevas herramientas de exploración espacial?  
Este artículo explorará cómo la morfología y fisiología de la visión de los insectos puede  
inspirar tecnologías de percepción para la búsqueda de biofirmas y al mismo tiempo, ofrecer  
un marco conceptual para imaginar cómo otras formas de vida podrían percibir su entorno  
en diferentes mundos.  
2. Cuerpo  
2.1. La visión más allá del ojo humano  
Como se mencionó anteriormente, la visión humana se limita a una franja del espectro  
electromagnético. Esta limitación no es universal dentro del reino animal, ya que diversos  
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organismos, desde aves, crustáceos, peces y reptiles son capaces de percibir luz ultravioleta,  
el infrarrojo y distinguir la polarización de diversas longitudes de onda (Cronin & Bok,  
2016). Estas capacidades sensoriales especializadas han evolucionado en numerosos grupos  
animales como resultado de millones de años de selección natural, permitiéndoles detectar  
señales relevantes para la navegación, la búsqueda de alimento, la comunicación y la  
supervivencia en ambientes complejos (Cronin et al., 2014).  
En astrobiología, este hecho tiene implicaciones profundas. La diversidad de sistemas  
visuales presentes en la Tierra demuestra que no existe una única forma de percibir el  
entorno. Si la vida evoluciona en planetas sometidos a condiciones estelares, atmosféricas  
o geológicas diferentes a las terrestres, es plausible que tanto sus sistemas sensoriales como  
las señales biológicas que producen se desarrollen en regiones del espectro electromagnético  
distintas de aquellas a las que estamos acostumbrados. De hecho, algunos modelos sugieren  
que la fotosíntesis extraterrestre podría generar biofirmas espectrales muy diferentes a la  
denominada “red edge” característica de la vegetación terrestre (Kiang et al., 2007). Esto  
implica que restringir la exploración de exoplanetas a instrumentos diseñados únicamente  
desde una perspectiva humana podría limitar nuestra capacidad para reconocer formas de  
vida que se manifiesten mediante señales ópticas diferentes a las observadas en la Tierra.  
2.2. Los insectos, organismos expertos en detectar señales invisi-  
bles  
Los insectos constituyen uno de los grupos de animales más diversos del planeta y han  
conquistado una gran variedad de nichos ecológicos, en parte a la variedad de adaptaciones  
sensoriales que han evolucionado (Grimaldi & Engel, 2005). Además de sistemas visuales  
altamente especializados, muchos insectos poseen receptores químicos capaces de detectar  
feromonas a grandes distancias, mecanorreceptores sensibles a vibraciones del sustrato y  
corrientes de aire, e incluso órganos auditivos que les permiten percibir sonidos ultrasónicos  
producidos por depredadores como los murciélagos. Entre todas estas adaptaciones, la  
visión destaca por su complejidad y versatilidad ver figura 1, convirtiéndose en uno de  
los sistemas sensoriales más estudiados dentro de la biología y una importante fuente de  
inspiración para el desarrollo de tecnologías biomiméticas (Land & Nilsson, 2012).  
Una de las características más resaltantes de varios grupos de insectos, en especial  
aquellos que son polinizadores, es su capacidad de detectar la luz ultravioleta. Las abejas,  
por ejemplo, poseen tres tipos de fotorreceptores sensibles a la longitud de onda ultravioleta,  
azul y verde, lo que les permite percibir patrones invisibles para los humanos, lo que  
les permite localizar rápidamente flores y fuentes de alimento como se puede apreciar  
en la figura 2 (Chittka & Menzel, 1992). Además de percibir ultravioleta, otros insectos  
pueden detectar la luz polarizada. Este fenómeno ocurre cuando las ondas de luz vibran  
predominantemente en una dirección en concreto. Por ejemplo, en el cielo la polarización  
de la luz solar forma patrones que cambian según la posición de la estrella madre con  
respecto a la Tierra, lo que insectos como las hormigas, libélulas o los escarabajos utilizan  
para cazar o migrar (Wehner, 2003).  
La sofisticación de la visión de los insectos no se limita únicamente a la detección de  
diferentes longitudes de onda. Muchas especies poseen una velocidad de procesamiento  
visual notablemente superior a la humana, mientras que una persona percibe una secuencia  
continua de imágenes a partir de aproximadamente 60 fotogramas por segundo, numerosos  
insectos pueden distinguir cambios luminosos mucho más rápidos, alcanzando frecuencias  
de fusión de parpadeo superiores a 200 Hz en algunas especies (Haarlem et al., 2026).  
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Esta capacidad, comparable e incluso superior a la observada en aves insectívoras espe-  
cializadas en la caza de presas en vuelo (Boström et al., 2016), les permite reaccionar de  
forma casi instantánea ante movimientos bruscos, capturar presas en vuelo o escapar de  
depredadores. Desde una perspectiva ingenieril, estas características representan soluciones  
biológicas a problemas similares a los que enfrentan los sistemas autónomos de navegación  
y exploración robótica.  
Figura 1.  
Diferencia anatómica de forma comparativa entre el ojo compuesto de los insectos y el ojo humano. A. se  
observa un ojo compuesto, recibe este nombre ya que está formado por la unión de varias subunidades  
llamadas omatidios, frente al ojo humano en el panel B; en ambos casos las etapas de detección de luz son  
equivalentes (enfoque, activación de fotorreceptores y transmisión del impulso nervioso), y lo que cambia  
es la anatomía del ojo y la disposición celular, en los insectos, la conexión nerviosa recibe el nombre de  
"tallo óptico.en lugar de nervio óptico. El panel C, por su parte, corrige una idea errónea común: no es que  
cada omatidio perciba una copia idéntica del entorno, sino que cada uno apunta hacia un punto distinto  
del espacio, y es la integración de toda esa información a nivel del nervio óptico la que genera una imagen  
compuesta y unificada del entorno (Joshua Heafield et al., 2017).  
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2.3. De la biología a la robótica espacial  
La biomímesis es una disciplina de las ciencias e ingeniería que busca solucionar proble-  
mas imitando las estructuras, procesos y estrategias de la naturaleza. En este contexto, los  
sistemas sensoriales de los insectos han servido como modelo para el desarrollo de sensores  
artificiales y algoritmos de navegación (Webb & Wystrach, 2016). Los ojos compuestos  
presentan ventajas importantes para sistemas robóticos dedicados a la exploración espacial.  
Debido a su estructura modular, permitirían construir cámaras con un amplio campo de  
visión, sensibilidad al movimiento, mientras mantienen un bajo consumo de energía, dado  
que no siempre se necesitaría estar usando el cien por ciento de las estructuras (Jing et  
al., 2024). Cabe aclarar que dependiendo de lo que se necesite en el robot, la integración  
de tecnología que detecte luz polarizada estará más enfocada a la navegación (Li et al.,  
2023), mientras que la detección de longitudes de onda ultravioleta estará más enfocada  
en el análisis de muestras (Schwieterman et al., 2018). Independientemente de la función  
que se le quiera dar, estas características hacen del modelo de ojos compuestos una alter-  
nativa atractiva para los vehículos autónomos espaciales que operarían en entornos hostiles.  
Figura 2.  
Cómo las flores que para el ojo humano presentan colores uniformes pueden mostrar, para una abeja,  
patrones de contraste muy distintos (A), incluyendo guías de néctar (B) y reflectancias en el espectro  
ultravioleta (C). Gracias a fotografía especializada que simula la visión del polinizador (Hempel de Ibarra,  
como se cita en Ecocolmena, 2016).  
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2.3. Campamentos astronómicos y observación del cielo nocturno  
La utilización de soluciones inspiradas en organismos vivos no es una idea nueva dentro  
de la ingeniería aeroespacial. La biomímesis ha contribuido al desarrollo de materiales,  
estructuras y sistemas robóticos diseñados para operar en ambientes extremos. Por ejemplo,  
diversos robots exploradores han adoptado principios de locomoción inspirados en insectos  
para desplazarse sobre terrenos irregulares incluyendo adhesivos inspirados en gecos  
para tareas de servicio orbital y mecanismos de locomoción basados en escarabajos  
y topos para el desplazamiento sobre regolito granular (Yang et al., 2026), mientras  
que algunas configuraciones estructurales utilizadas en ingeniería espacial aprovechan  
geometrías observadas en la naturaleza para maximizar la resistencia mecánica con un  
peso reducido. Incluso el diseño segmentado del espejo principal del telescopio espacial  
James Webb emplea una disposición hexagonal que recuerda la eficiencia geométrica de  
los panales de las abejas, una estructura ampliamente estudiada por su capacidad para  
optimizar el uso de materiales (McElwain et al., 2023).  
En los últimos años, varios grupos de investigación han desarrollado sensores artificiales  
inspirados en los ojos compuestos que replican la disposición de los omatidios mediante  
matrices de microlentes (Floreano et al., 2013). Entre ellos destacan los sistemas conocidos  
como Artificial Compound Eyes (ACE), dispositivos capaces de proporcionar amplios  
campos de visión utilizando múltiples unidades ópticas distribuidas sobre superficies  
curvas. Algunos prototipos, como CurvACE, desarrollado por investigadores de la Escuela  
Politécnica Federal de Lausana (EPFL) y del Instituto de Movimiento y Comportamiento  
de Marsella, lograron integrar cientos de microlentes y fotorreceptores en estructuras ligeras  
y flexibles capaces de detectar obstáculos y estimar movimientos con gran rapidez (Viollet  
et al., 2014). Estos sistemas pueden integrarse en rovers o drones, permitiendo mejorar la  
navegación autónoma en entornos complejos donde los sistemas ópticos convencionales  
presentan limitaciones (Tyo et al., 2006; Zugger et al., 2010). La figura 3 representa  
una visión especulativa de hacia dónde podría evolucionar este tipo de tecnología: un  
módulo sensorial domo, de superficie hexagonal segmentada en cientos de unidades ópticas  
individuales, integrado a una base con conectores, circuitos y blindaje apto para condiciones  
extremas. Aunque se trata de una ilustración conceptual y no de un dispositivo real, sintetiza  
visualmente el principio detrás de sistemas como CurvACE: replicar la arquitectura modular  
del ojo compuesto en una plataforma robusta, capaz de operar en rovers o drones de  
exploración planetaria.  
Aunque actualmente los exoplanetas solo pueden estudiarse mediante observaciones  
remotas, tecnologías inspiradas en la visión de los insectos podrían mejorar tanto la  
caracterización espectral realizada por telescopios espaciales como las futuras plataformas  
robóticas destinadas a explorar cuerpos del Sistema Solar con potencial astrobiológico.  
En este contexto, la combinación de sensores multiespectrales, polarimetría e inteligencia  
artificial facilitaría la distinción entre fenómenos físicos como la dispersión de Rayleigh en  
la atmósfera y señales asociadas a superficies líquidas o biológicamente activas un desafío  
que requiere observaciones polarimétricas multibanda dado que el brillo polarizado de  
un océano y el de la dispersión atmosférica pueden solaparse en ciertos ángulos de fase  
(Schwieterman et al., 2018; Trees & Stam, 2022). Al entrenar modelos de aprendizaje  
profundo con datos espectrales y polarimétricos, sería posible automatizar la identificación  
de patrones compatibles con océanos, hielos, minerales específicos o procesos biológicos,  
optimizando el procesamiento de información y reduciendo la cantidad de datos que deben  
transmitirse a la Tierra (Schwieterman et al., 2018).  
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Al entrenar estos modelos con datos multiespectrales o de polarización, es posible  
automatizar la detección de océanos exoplanetarios y superficies biológicamente activas,  
optimizando el ancho de banda de las misiones al procesar la información de manera más  
eficiente (Tyo et al., 2006; Zugger et al., 2010). En este sentido, la combinación de sensores  
bioinspirados y algoritmos de aprendizaje automático podrían ampliar significativamente  
las capacidades de exploración de exoplanetas en futuras misiones espaciales.  
Figura 3.  
Ilustración conceptual de un prototipo modular de sensor tipo .ojo compuesto"para rovers o drones de  
exploración espacial. Imagen generada con OpenAI  
2.4. ¿Cómo vería un extraterrestre su planeta?  
Más allá de sus aplicaciones tecnológicas, el estudio de sistemas sensoriales no humanos  
también tiene implicaciones filosóficas en la astrobiología. La percepción del entorno  
depende de las adaptaciones evolutivas de cada organismo, en la tierra diferentes especies  
experimentan el entorno que los rodea de maneras radicalmente distintas. Mientras  
que los humanos dependen de la visión tricromática en el rango visible del espectro  
electromagnético, los insectos pueden ver el ultravioleta o luz polarizada.  
Si la vida evoluciona en planetas con estrellas como diferentes estrellas madre; con  
atmósferas de cualquier clase de compuestos; en océanos subterráneos o planetas errantes,  
es plausible que sistemas sensoriales hayan evolucionado y difieran significativamente  
con los de la tierra. Por ejemplo, un planeta que orbita una gigante roja, la luz que  
tendría disponible tendería al infrarrojo. En ese caso los organismos fotosintéticos podrían  
desarrollar pigmentos que aprovechen esta longitud de onda y por ende los sistemas  
visuales de organismos que estén relacionados con estos primeros, evolucionarían para  
poder detectarlos con facilidad.  
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Desde esta perspectiva, estudiar cómo los organismos ven el mundo, nos recuerda  
que la forma en la que los humanos percibimos el nuestro planeta, no es universal, sino  
simplemente una de muchas posibilidades. Para la astrobiología, esta nos propone que  
para buscar vida fuera de la Tierra, debemos aprender a pensar y ver más allá de nuestras  
propias limitaciones sensoriales.  
3. Conclusiones  
La astrobiología enfrenta uno de los desafíos intelectuales más complejos de la ciencia  
moderna: buscar formas de vida cuya naturaleza podría ser radicalmente distinta a la  
que conocemos en la Tierra. Durante décadas, gran parte de esta búsqueda ha estado  
condicionada por marcos conceptuales y tecnológicos derivados de la experiencia humana.  
Sin embargo, la extraordinaria diversidad biológica de nuestro propio planeta demuestra  
que no existe una única manera de percibir el entorno. Incluso aquí, organismos que  
comparten el mismo mundo pueden experimentar realidades sensoriales profundamente  
diferentes.  
Los insectos constituyen un ejemplo particularmente ilustrativo de esta diversidad  
perceptual. Sus ojos compuestos, su capacidad para detectar luz ultravioleta, interpretar  
patrones de polarización y procesar información visual con gran rapidez revelan soluciones  
evolutivas que amplían considerablemente los límites de la percepción humana. Estas  
adaptaciones no solo han permitido a los insectos convertirse en uno de los grupos animales  
más exitosos de la historia evolutiva, sino que también representan una valiosa fuente de  
inspiración para el desarrollo de nuevas tecnologías de observación y exploración.  
Desde una perspectiva tecnológica, la biomímesis ofrece la posibilidad de trasladar algu-  
nos de estos principios biológicos a sensores artificiales, sistemas de visión por computadora  
y plataformas robóticas destinadas a operar en ambientes extremos. La combinación de  
sensores multiespectrales, polarimetría e inteligencia artificial podría aumentar nuestra  
capacidad para detectar señales sutiles asociadas con procesos biológicos, tanto en obser-  
vaciones astronómicas remotas como en futuras misiones de exploración planetaria. Más  
importante aún, estos enfoques permitirían explorar regiones del espectro electromagnético  
que tradicionalmente han recibido menos atención dentro de los programas de búsqueda  
de vida extraterrestre.  
No obstante, la principal contribución de la visión de los insectos a la astrobiología  
podría no ser tecnológica, sino conceptual. Estudiar cómo otros organismos perciben  
el mundo nos recuerda que la realidad que experimentamos es solo una entre muchas  
posibles. Si la evolución produjo en la Tierra sistemas sensoriales tan distintos como los  
de los insectos, las aves, los peces o los mamíferos, resulta razonable imaginar que la vida  
en otros mundos podría desarrollar formas de percepción aún más diversas. Bajo esta  
perspectiva, la búsqueda de vida extraterrestre requiere algo más que telescopios más  
potentes o algoritmos más sofisticados: exige ampliar nuestra imaginación científica y  
cuestionar los límites de nuestras propias formas de observar.  
Quizás la pregunta fundamental no sea únicamente dónde buscar vida fuera de la Tierra,  
sino también desde qué perspectiva intentamos reconocerla. En este sentido, los insectos  
pueden considerarse verdaderos “alienígenas terrestres”: organismos que nos muestran  
que existen otras maneras de interpretar el entorno y que, precisamente por ello, pueden  
ayudarnos a imaginar cómo podría percibirse el universo desde otros mundos  
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